Jamás quiero ser una típica apoderada de colegio de monjas

No tienen fe en las nuevas generaciones y la critícan sin permitirle espacio para el diálogo.

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El fin de semana tuve la agradable misión de participar de una jornada espiritual en el colegio católico donde estudia mi hermana, esas con la música lenta y mucha guitarra envasada. La cosa es que al parecer la reunión era para padres y como los míos tenían compromisos tuve que ir yo.

Le pedí a mi hermana que me acompañara ya que, definitivamente no hubiese podido sobrevivir sola, con tanto papá estresado porque los sacaron de sus rutinas. Un cura, que me dio más idea de sicólogo -probablemente esa era su profesión- fue quien llevó a cabo la dinámica que se trataba de dar esperanza y guía a quienes están dañados por dentro y no son capaces de sacar sus sentimientos a la superficie.

Era tan depresiva la situación que me llegó a convencer unos segundos que yo también tenía un problema, pero en realidad no lo tengo. Veía cómo los demás si se notaban afectados y complicados. Debe ser un asunto de la edad. Porque mi hermana (14 años) y yo (25) éramos las más chicas en ese lugar y al parecer las únicas que no teníamos tantos dramas.

Tuvimos que hacer grupos y recordé el colegio, terrible. Yo también estudié en colegio de monjas como mi hermana y no tengo los mejores recuerdos. Entonces, en el círculo debíamos hablar de lo que nos daña y nuestros dramas. Me tocó un grupo de mamás de distintas edades, todas tenían un par de cosas en común; eran madres y mayores de 40 años.

Cuando comenzamos a hablar, una de las señoras -la más fanática religiosa- dijo que era terrible lo que estaba pasando en la sociedad, que la juventud no iba para ninguna parte, que los jóvenes no saben qué van a hacer con sus vidas, que son terribles, que ella en su época les pegaba a sus hijos para que aprendieran y que ninguno se traumó porque son todos profesionales. ¡Una locura! Para comenzar no creo que ser profesionales asegure menos traumas en la vida.

Después de mucho escuchar en silencio críticas y quejas de parte de las mujeres, tuve la irresistible necesidad de intervenir en favor de nosotros los jóvenes. Y le dije a las señoras que necesitamos una oportunidad y que si las cosas están como están es por culpa de los adultos que abandonaron su labor de padres entregándoles su responsabilidades a los computadores, microondas, televisión o al colegio de monjas. Uno de los problemas es que no los motivan a descubrir sus habilidades o talentos, por lo tanto los más jóvenes en busca de su identidad deben explorar más cosas y experiencias para descubrir lo que quieren de la vida porque están solos. Estas palabras al parecer no les gustaron mucho, ya que era como si sus hijas les estuvieran enrostrando un par de cosas que no querían escuchar.

La señora insistió en su posición y me decía que si en realidad yo creía que debían darles una oportunidad a los jóvenes a pesar de todo, no entendiendo nada de lo que le había dicho y en ese momento desistí. Hay personas que les cuesta un poco comunicarse y escuchar a los demás porque están acostumbrados a ser quienes dan la última palabra, una lástima porque yo creo en los jóvenes. Que las cosas cambien está en nuestras manos.