De moteles y otras cosas

Lee las nuevas aventuras de nuestro columnista Javier Ramos.

Como mis padres siempre han vivido en el sur, cuando ingresé a la universidad tuve que trasladarme a Santiago. Por lo mismo, cuando aún no cumplía los dieciocho años ya estaba viviendo solo. Bueno, más que solo, sin supervisión paterna o adulta, porque en rigor vivía con más gente. Fueron varios años de arrendar distintos departamentos con diferentes personas. Amigos de la infancia, compañeros de la universidad y hasta primos. Con unos la cosa anduvo mejor que con otros, pero la verdad es que haciendo un pequeño recuento, todos esos fueron grandes años de mi vida. Entretenidos, alocados y hasta algo irresponsables.

¿A qué viene todo esto? A que por estas mismas razones que explico, nunca enganché con el tema de los moteles durante mi época universitaria. Simplemente, porque no los necesitaba. Si quería intimidad con alguna chica, podíamos ir a mi departamento sin problemas. Bueno, igual era mejor cuando los otros habitantes de la casa no estaban. Pero al menos nunca tuve que volver a preocuparme por padres, madres o hermanos vigilantes; ni tampoco a hacer todo rápido porque podría llegar alguien.

Más allá de que uno los haya necesitado o no, el tema moteles siempre ha sido materia de discusión, preocupación e incluso deseo para los hombres. Aún recuerdo cómo en los años universitarios nunca faltaban esos compañeros que compartían sus datos de moteles económicos que ofrecían visitas de solo algunas horas. Por lo general estaban cerca de algunas universidades privadas, por el Barrio República o –al otro lado de la Alameda- en calles como Cienfuegos, Cumming o Almirante Barroso. Y a medida que pasaron los años, los datos fueron mejorando. Y también encareciéndose. Así, supimos de moteles en La Reina, cerca del aeropuerto y –obviamente- por Vicuña Mackenna bien al sur.

Pero bueno, a pesar de toda la oferta, siempre mi departamento -primero el compartido y luego el que habito solo desde hace prácticamente una década- hizo que ir un motel no fuera opción. Claro, en los primeros años por un tema netamente económico y más tarde simplemente porque no me apetecía. En rigor, las únicas alternativas a la hora de tener sexo en mi vida adulta se limitaban a la típica pregunta “¿En tu casa o en la mía?”.

Sin embargo, desde hace algunas semanas, mi inexperiencia motelística ha sufrido un brusco cambio. Esto, porque hace poco conocí a una mujer en un matrimonio al que me invitaron solo a la fiesta. Enganchamos rápido en la conversación porque resultó que teníamos muchos amigos en común y luego –con varias copas en el cuerpo- no nos paró nadie en la pista de baile (cosa bastante extraña en mí). Al terminar la fiesta, salimos casi en caravana del lugar y, medio en broma medio en serio, varias parejas amigas dijeron que se irían a terminar la fiesta al Hotel Valdivia (que como todos saben, en rigor es un motel). Y nada. Me subí al auto de mi compañera de baile y partimos en dirección al hotel, casi en caravana con los otros autos. Seguimos con las bromas en el trayecto y casi sin darnos cuenta, terminamos instalados en la habitación de estilo polinésico. La verdad es que lo pasamos fantástico. Bastante acción y poca conversación. La mañana siguiente fue silenciosa y tranquila. Pagamos a medias la noche, intercambiamos teléfonos y cada uno se fue a su casa por separado.

Tan bien lo pasamos esa noche que hemos seguido viéndonos. Pero hay una curiosidad, ella me ha pedido que sigamos juntándonos en moteles, para no perder la onda que –según ella- tuvimos aquella primera vez. Y claro, como he aceptado la petición, ya he conocido varios moteles más de Santiago. Curiosamente, muchos son los mismos que alguna vez me recomendaron mis compañeros de universidad, aunque bastante remodelados. Y otra cosa que me ha pedido ella es que no diga su nombre en esta columna, lo cual acataré gustosamente. Porque, honestamente, me la estoy pasando muy bien.