Confesiones de una mamá anti-bicentenaria

MJVG nos cuenta sus aventuras estas fiestas patrias.

Es como si los 200 años de nuestra independencia me hubieran pasado por encima. Perdón por mi crudeza, pero ojalá que pronto el país vuelva a la normalidad y cambie sus comerciales de parillas por ofertas de sushi, guarde sus disfraces de huasos, borre los playlist de cuecas de los I pod de los ministros, apague las luces de La Moneda, y le preste la debida atención al único problema real del Bicentenario que no huele a carne quemada: la cuestión mapuche.

En toda celebración existe una sutil línea divisoria donde lo supuestamente divertido pasa a ser una pulpa de estrés y luego se disuelve en una vaga sensación de pesadilla. Mi 18 recién pasado se me repite como la cebolla de una mala empanada. Desde mis padres colgando banderitas en el patio de la casa que luego el viento botaba, los tacos de ida y de vuelta de la playa, y mi hijo gritándome al oído: Chi-chi-chi-le-le-le.

-¿Perdón? ¿Quién te ensenó eso? –le pregunté entre risas ante su furtivo arranque patriótico. Que yo lo recuerde ni siquiera le he enseñado en qué país vive. ¿Para qué caer en esa retórica tan siglo XX en pleno siglo XXI? AJ apenas tiene conciencia de que habita un planeta llamado Tierra (tal vez debería empezar por hablarle de nuestra galaxia).

Cuando en el jardín me pidieron disfrazarlo de “huasito”, como pésima madre bicentenaria que soy, partí al Líder a último minuto y no tuve más remedio que comprarle el único disfraz que quedaba en oferta: una túnica plateada de la fiesta de la Tirana que bien podría haber salido del closet de la Guerra de las Galaxias.

El inesperado cántico de mi hijo se repitió todo el fin de semana pasado cada vez que divisó una bandera de Chile, es decir, a intervalos de 5 minutos.

-Ok, ya entendí. ¿Por qué no lo cambiamos por la Marsellesa o algo por el estilo? –le propuse entonando la famosa canción nacional de la Revolución Francesa.

-Sí, por favor el 18 es lo peor– me confesó mi sobrina de 7 años. Me carga todo. La cueca es muy mala. Mil veces Hanna Montana.

En tres frases mi sobrina se atrevía a sacar todo ese antipatriotismo que yo no me atrevía a asumir.

-Uno siempre odia lo que tiene cerca- le dije. Los gringos, los más cool, detestan el 4 de julio.

-¿Entonces en el futuro tenemos que ensenarle a AJ a reírse del 18?

Era una buena pregunta. La primera post-bicentenaria. Y me alegré de oírla.