¿Por qué hay que bautizar a los hijos?

Javier se pregunta si es necesario el bautismo.

(cc) jvnunag

Como algunos de ustedes ya saben, tengo una hija de ocho años de nombre Sofía. Y aunque no vivo con ella, trato de estar presente en influenciar lo más posible todo lo que tiene que ver con los aspectos importantes de su crianza. Y entre estos aspectos, uno que para mí no es menor es el del bautizo.

Crecí y me eduqué al alero de la tradición católica. Fui bautizado, hice mi primera comunión y hasta fui monaguillo de esos que ayudan al cura a hacer la misa. Sin embargo, poco antes de llegar a la pubertad abandoné el camino de la fe y abracé el agnosticismo. Y, la verdad, tan mal no me ha ido por la vida. Sin Dios, pero con buenos modales y enseñanza. Por lo mismo, me parece que no soy nadie para obligar a mi hija a que profese una religión que no conoce, al bautizarla.

Debo reconocer que Victoria, la madre de mi hija, me apoya en esta decisión de no forzar a Sofía hacia ninguna religión. Sin embargo, la presión de sus padres y los míos es algo que –de tanto en tanto- se hace presente. Y la verdad es que molesta bastante. Además, nunca faltan los parientes lejanos –y hasta amigos o conocidos- que insisten en darle recomendaciones a, las que al final son más que un montón de prejuicios y discursos católicos. Porque, seamos sinceros, más que una religión cualquiera, a lo que uno lo quieren de verdad empujar es a bautizar a su hijo –en este caso hija- en el catolicismo.

En cuanto a la crianza de mi hija, yo me he limitado a educarla dentro de las cosas en las que creo. Es decir, en que hay que ser justos, honestos y –de preferencia- laicos. Por lo mismo, una de las decisiones que más trabajo no costó tomar junto a su madre fue la elección de su colegio. Como era de esperar, nos llovieron las recomendaciones de establecimientos católicos. Sin embargo, nosotros nos mantuvimos firmes en que el colegio que elegiríamos para Sofía debía cumplir con tres condiciones imprescindibles: mixto, laico y bilingüe. Afortunadamente, logramos encontrar de forma más o menos rápida un colegio que cumplía con estos requisitos y que estaba a nuestro alcance (económico y relativa cerca de las casas de ambos).

De otra manera, capaz que hubiéramos sucumbido ante las presiones de los sectores católicos de nuestras respectivas familias. Porque, hay que reconocerlo, no estamos solos en esto. Aunque no son muchos, tenemos aliados agnósticos dentro de la parentela.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque creo que hay que esforzarse en que nuestros hijos sean personas de bien, educadas y tolerantes. Para lograr esto, me parece imprescindible que estos sean educados de manera abierta y plural, sin reduccionismos religiosos, culturales, ni de ningún tipo. Por lo mismo, creo que sería bueno que cada vez más sean los propios niños –a una edad en que ya tengan conciencia de sus actos- quienes decidan si quieren ser católicos, musulmanes, protestantes o simplemente agnósticos o ateos… Porque, claramente, el laicismo no es un mal camino.