Hacerse niño es mas difícil que hacerse hombre

Cuando los niños “crecen”.

(cc) Flickr.com/miss'time

Te dicen que a los 3 todo cambia. Que tu hijo se hace niño y tú dejas de ser full time madre. Que ambos ganan independencia, la única bandera de este bicentenario que tiene algún real significado para ti.

Mientras tu hijo crece, albergas la secreta esperanza de que un día se active una célula madre y empiece a comportarse como una persona. Nadie te advierte (o recuerda) que siempre hay algo que aprender y por lo tanto que enseñar. Es cierto, has superado la etapa de 0 a 3, la más dura y sacrificada. Tu hijo sabe avisar cuando quiere ir al baño, pide sus cosas por su nombre, y puede hojear un libro o ver una película por más de 10 minutos de corrido, pero no nos engañemos: las etiquetas de ropa están por aumentar junto a nuevas y más preocupaciones y tareas. Por algo Benetton niño se llamó desde un principio 0-12. En otras palabras: la maternidad es una profesión vitalicia. No hay nunca vacaciones, ni siquiera cuando supuestamente las hay.

Y sin embargo –ya sea por mecanismo de defensa o distorsión de la realidad- crees que ganar una batalla te hace vencedora de una guerra. Que los famosos 3 de tu hijo sí te cambiarán la vida. Me ocurrió ayer. Mientras estacionaba mi auto al frente de una pastelería de Vitacura para elegir la torta de cumpleaños de mi hijo, yo celebraba con demasiado arrebato el término de ese limbo post-guagua pre- niño que va del año y medio hasta los 3. Imaginaba que AJ (así llamaré en esta columna a mi mil veces citado primogénito) ahora podía caminar solo por un parque sin ser arrollado por una bicicleta o sin echarse a la boca un montón de piedras. Pensaba: ahora que tiene 3, le voy a decir bájate del auto y me va a sonreír y obedecer igual que un perrito amaestrado. Error.

Al igual que otras veces de prematura rebeldía o pataleta premeditada, fui yo quien tuvo que arrastrarlo afuera del auto. Operación axilas, le llamo y consiste en cogerlo de debajo de los brazos y bajarlo de su asiento de “guagua” sin su consentimiento. El estacionador del auto bromeaba con que el niño era un abusador. Las señoras de Vitacura –únicas en su especie de dama de barrio con varios lifting a su haber que sólo mira para adelante-daban vuelta la vista como si estuvieran frente al peor reality show de la tv chilena.

Entre un tirón y otro yo y AJ terminamos en Caramba, una linda juguetería ubicada en la avenida más pro-niños del barrio, Luis Pasteur. Ahí todo volvió a la calma. AJ odia las panaderías, pero ama las jugueterías. En un pestañar de ojos, encontró lo que buscaba: un triciclo. “¿Eso es lo que quieres de regalo?”, le pregunté esperando la orden de un sí o un no. Nos llevamos a casa el triciclo, felices. Una vez en la cocina, mi hijo se subió a su nuevo juguete, y yo me quedé mirando orgullosa su primer vehículo, como si fuera el símbolo naciente de su independencia frente al mundo. Qué maravilla. Si quería, ahora podía irse andando hasta Panamá. AJ acarició sus mangos de fierro. Miró sus tres ruedas de foma. “Qué lindo”, dijo brindándome su más preciada sonrisa. “Gracias mamá”. “Ok, ahora anda”, le dije celebrando el suceso con una copa de vino. Me quedó mirando como un Lázaro sin poderes especiales. Tenía su triciclo, pero nadie le había ensenado a pedalear. ¿Cómo no lo había pensado antes? Otra tarea. Una nueva. Una más. A los 3 no ocurren milagros. Nadie viene seteado para pedalear un triciclo. Rellené mi copa y me animé a empujarlo por la casa (El cabernet sauvignon es un gran amigo de la educación materna: lo hace todo más divertido).

En eso llevamos un par de días. Yo bebo, empujo su triciclo, él intenta pedalear. Cuando logre su objetivo los dos nos daremos un gran abrazo, sospecho que yo más apretado que el de él.

Mientras más lo pienso más me hace sentido: hacerse niño es más difícil que hacerse hombre. Y una vez que eres hombre, nunca dejas de ser niño realmente.