El matrimonio de mi hermano

El martirio en que se puede convertir una boda.

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Por lo general, no me gusta ir a casamientos. Me complica y me da mucha lata tener que ponerme corbata, comprar un regalo y –lo peor- convencer a alguna amiga para que me acompañe. Porque claro, nada peor que ir a un matrimonio sin pareja. Sin embargo, si más encima se da el caso que la boda en cuestión es de algún familiar, todo el asunto empeora mucho, pero mucho más. Es que, si a todos los problemas anteriormente nombrados en torno a la logística de ir a un casamiento hay que sumarle un gran número de parientes que hay que saludar, con los que hay compartir mesa y –en una de esas- hasta bailar; la fiesta en cuestión se transforma en un martirio de marca mayor.

Pero bueno, esta vez el que se casaba era mi hermano mayor, así que opciones de marginarme del evento simplemente no tuve. Por lo mismo, traté de convencer a mi amiga Daniela, con quien tengo la confianza y amistad suficientes como para hacerla soportar todo ese martirio que implica el saludar a mis tías viejas, mis padres y esos sobrinos pequeños que se me confunden con mis primos más chicos. Como somos tan buenos amigos, puedo pedirle que haga ese sacrificio por mí sin remordimiento.

Una vez convencida mi amiga Daniela, pensé que estaba listo para soportar de la mejor manera posible el matrimonio. Sin embargo, a pocos días de la ceremonia, me llamó para contarme que por su trabajo tenía que viajar fuera de Chile. O sea, estaba solo para ese día y ya sin margen para conseguir una nueva pareja. Porque, seamos francos, a una mujer no se le puede invitar a un casamiento con poco más de una semana de anticipación.

Así las cosas, no me quedó otra que ir solo al bendito matrimonio. Bueno, tampoco tan solo, porque como mi hija Sofía fue con mis padres, al final me pasé buena parte de la noche con ella. Además, como a eso de la una de la mañana ya estaba cansada y con ganas de irse, lo cual fue mi excusa perfecta para retirarme temprano. Porque como ya se los he dicho, y me parece lo he dejado claro, no me gusta ir a matrimonios.

Bueno, tampoco entiendo mucho por qué la gente insiste en casarse y –más encima- hacer tremenda fiesta por el trámite. Pero claro, eso ya es tema para otra columna.