Solas, pero nunca desesperadas

Los errores que cometemos cuando caemos en la desesperación de encontrar a alguien.

(cc) Flickr.com/Eneas

-¿Cómo hacemos para estar disponibles sin parecer ansiosas? Le tenemos tanto miedo a la soledad, y no sólo las mujeres, sino que como sociedad nos “obligamos” a encontrar pareja como sea: miramos extrañados a los “solterones” y pensamos “pobre, qué pena que nadie esté con él”. Casi como si fuera una obligación cultural formar familia, nos auto imponemos el matrimonio, los hijos, la convivencia, la pareja, el estar…

Nos gusta tanto decir “te presento a mi novio”, que hasta las más tranquilas caen en las garras de la ansiedad y comienzan una búsqueda desesperada por encontrar a alguien, no importa quién, que quepa dentro de esa frase. Pero tranquilas, podemos estar disponibles sin que se note que tenemos el vestido de novia en la cartera.

Para tratar de retener a ese que encontramos, a veces comentemos errores porque nos ponemos (sin que nadie nos lo pida) en el rol de las activas de la relación. Queremos ser nosotras las guías de y entonces nos equivocamos: nos dejamos llevar por los estereotipos y caemos en “la mujer que debe seducir”, desde la ropa hasta la forma de hablar, dejando de lado nuestro propio estilo porque, por la baja autoestima a veces, pensamos que no seremos “suficientes” para él.

Otro error más: cuando nos hacemos dependientes del otro, con “dependientes” me refiero al pensamiento de nuestra pareja. Creemos que no van a entender lo que queremos decir, por culpa de la frase “¿Quién entiende a las mujeres?”, que nos condena. Es cierto que a veces podemos tener pensamientos rebuscados o mirarle a las cosas un lado que ellos ni siquiera sabían que existía, pero rebajarnos dejar que piensen por nostras, es demasiado. Perfectamente nos podemos desenvolver en base a lo que nosotras pensamos y creemos y si no nos entienden, entonces mejor nos buscamos a otro que lo haga.

Dentro de nuestro miedo a que no nos tomen en cuenta, caemos en algo muy típico: hacer que sientan compasión por nosotras. La pena, o lástima en este caso, no es para nada buena. Lo peor es recurrir a experiencias pasadas para tratar de conquistar, como diciendo “tú vas a ser diferente conmigo” o “a ti te voy a tratar de otra manera”. Lo mejor es mirar esas experiencias, malas o no, sólo como eso: experiencias.

Otro signo típico de desesperación que ahuyenta a los hombres, es nuestro afán de ser mamás. No es necesario anunciarle al mundo, y a él en el primer encuentro, que queremos formar familia. Ellos ante eso se van, no porque no quieran se padres también, sino que nuestro ímpetu los asusta y creen que los dejaremos de lado cuando nazca el bebé. Eso porque los hacemos sentir como el semental que proveerá semen y nada más.

Las ganas de encontrar rápidamente a alguien, hacen que perdamos el norte incluso de nuestra forma de ser y que apliquemos tácticas incongruentes y a veces francamente perturbadoras para el otro. Dejamos de lado nuestros verdaderos deseos y caemos en la temida ansiedad. Lo mejor es ser natural, seguir con la vida que siempre tuvimos y comprender que estar solas no es lo peor del mundo, de hecho es bueno. Conseguir a alguien no debería convertirse en nuestro objetivo principal. Cuando entendamos eso, va a llegar ese otro que necesitamos.