Un fin de semana en la barra

Javier Ramos y su inusual día del niño.

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No es por quejarme, sólo lo estoy contando. El domingo pasado era el Día del Niño y la verdad es que tenía ganas de pasar ese día, o por último el sábado junto a mi hija Sofía. No es que uno siga al pie de la letra cada fiesta publicitaria que se anuncia por los medios, pero lo cierto es que simplemente tenía ganas de hacer junto a ella alguna de esas típicas actividades de celebración como ir al cine o invitarla a almorzar al restaurante que ella quisiera, aunque fuera el McDonald’s.

Pero nada. Resulta que una tía de Sofía, hermana de su madre, cumplía el sábado cuarenta años y haría en su casa en la playa una fiesta familiar de esas bien grandes, con alojamiento incluido. Así las cosas, no me quedó otra que olvidarme del asunto del Día del Niño y planificar otros panoramas. Sin embargo, reconozco que para quienes somos padres, esta avalancha de estímulos publicitarios que anteceden a este tipo de celebraciones nos tocan. No sé cuánto, pero definitivamente nos tocan.

Bueno, al final lo único que tenía claro es que me armaría algo para no pensar en que mi hija estaba lejos de mí este fin de semana y –más encima- probablemente pasándolo muy bien con su familia. En un primer momento pensé en ir al trabajo ambos días, para de una buena vez sacar todas las lecturas pendientes que tengo y –lo más importante y urgente- ordenar mis libros y las pilas de cajas que tengo arrumbadas en un rincón de mi oficina.

Es que, aunque tengo oficina solo desde hace más de dos años, todavía da la impresión que acabara de instalarme. La segunda opción fue irme a la parcela de una pareja de amigos a Curacaví, básicamente a comer asado y tomarme unos vinos. Sin embargo, el entusiasmo no me duró mucho cuando me enteré que –además de mí- había una ex polola invitada también a pasar el fin de semana campestre al borde de la parrilla.

Finalmente me quedé en Santiago sin plan alguno. El viernes estuve hasta muy tarde trabajando en mi oficina, por lo que llegué a mi casa y me metí a la cama de inmediato. El sábado traté de ubicar a Daniela, mi amiga con la que he salido últimamente, pero también andaba fuera de Santiago.

Con este panorama, no me quedó otra que pasar buena parte de ese día, y también del domingo, en la barra de un restaurante que está justo a la vuelta de mi casa. No se crean que me la pasé tomando todo el fin de semana. También comí y, lo más importante, agradecí la compañía de otros parroquianos que andaban en la misma onda que yo.
No lo sé. Por lo general, no tengo problemas con pasar solo mis ratos y días libres. Sin embargo, este fin de semana parece que lo que quería era todo lo contrario. Menos mal que existe el restaurante del barrio. Si no, quizás dónde podría haber terminado.