-La separación de bienes siempre ha sido medio polémica porque hay muchos incrédulos que piensan que la pareja que se casa bajo esta condición no está realmente segura de la unión y entonces dicen: “Saben que un día va a fracasar, así que prefieren prevenir”, no estoy de acuerdo. Lo que sí creo es que por mucho amor que exista, a la hora del divorcio nadie se acuerda del romanticismo del tipo “lo tuyo es mío y lo mío es tuyo” y cambian por “cuentas claras conservan la amistad”.
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La gente tiene derecho a decidir si quiere o no compartir lo que tenía a su nombre y lo que tendrá después. Sí creo que si no se comparte, y no me refiero sólo a los bienes, sino que también a la vida misma de pareja, no van a llegar muy lejos y es posible que la separación se de por culpa de quién compró la mantequilla ese mes. Significa que no hay confianza entre ellos o que el egoísmo es superior al amor.
Personalmente prefiero compartir (no sólo las cuentas), porque es mucho más sano para la convivencia y porque no puede ser que estés con alguien a medias, siempre dividiéndose las tareas, los gastos y los bienes, eso demuestra poco cariño por el otro y no mucha confianza.
Y no sólo los muebles e inmuebles sufren con la división de posesiones, las mascotas también. Imagínense la pelea que puede significar quién se queda con el gato. Porque Benito no es sólo una mascota, es uno más de la familia, es el hijo que no tuvieron, es quien los acompañó desde el primer día que se fueron a vivir juntos y es su única aproximación a la paternidad: lo criaron desde que nació, lo alimentaron, le compraron una cama (aun que siempre durmió en la matrimonial), le permitieron rasgar los sillones, etc.
Hay personas que han llegado a convencer a un tercero para que dirima el asunto, “porque el sillón con hilachas te lo puedes quedar tú, pero Benito no, a él no lo tocas, además yo fui la de la idea de tener un gato”, dice ella. “Y quién le compró todo lo que tiene, porque claro, la mascota de la linda no podía dormir en el suelo de la cocina, tenía que tener una cama y que encima nunca usó”, dirá él. Porque tenemos que reconocer que somos nosotras las que pedimos un miembro más de la familia (bebé o mascota), pero son ellos quienes lo traen y generalmente eligen lo segundo.
En “Marley y yo” Jennifer Aniston y Owen Wilson son una pareja de jóvenes periodistas recién casados donde ella es quien lleva las cuentas (porque gana más). Es tan estructurada, que tiene planificada su vida entera y cuando llega el momento de hacer check en el ítem “hijo”, él se apresura y le regala un perro que se convierte en uno más del núcleo. Marley empieza a portarse mal y tienen que decidir qué hacer con él: con quién se queda, si es que se queda o si se va, a quién se lo regalan. Esa situación los lleva al borde de la separación.
La pelea por Benito puede ser eterna, entonces ese tercero que eligieron tiene que hacerse cargo del gato y coordinar las visitas de sus “padres”, casi como un juez y la tuición de los niños (a muchísima menor escala, por supuesto. Los niños es un tema más complicado porque ellos entienden lo que está pasando, Benito, en cambio, no tiene idea). Otros, para cortar cualquier tipo de lazo, prefieren arriesgar a Benito y se lo dan al ex con el dolor de su alma.
Personalmente lo veo como algo superficial, es cierto que la mascota puede darte muchas satisfacciones y se convierte en uno más del grupo, pero pelearse tanto por un gato al punto de no querer ver más al otro, es como mucho. Imagínense Benito hubiera sido un hijo.