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God save Michelle

María José Viera Gallo dice por qué no se puede matar a la madre.

Porque nada puede matar a la madre. Ni tratarla de gordis, ladrona o ineficiente.

Ahora que ha dejado su palacio, quieren enterrarle un cuchillo por la espalda. La imagen es aterradoramente clásica (y ups, machista): un grupo de vasallos de terno y corbata, comandados por su rey, se reúnen en Cerro Castillo a artificiar un complot para asesinar políticamente a Michelle Bachelet. Sí, nuestra Michelle, la hada madrina de la selección, como la llamó Camiroaga, la santa pagana que todos quieren tocar, la mujer que comandó un país saturado de gerentes hombres, el icono pop femenino por excelencia de nuestra reciente historia, cuya cara merecería ser estampada en una moneda nacional.

El rey dice que durante su reinado se presentaron irregularidades financieras. Que la tesorería del Palacio costeó cosas de más, como el Teatro a Mil, la visita de la Muñeca Gigante y esas ONG alternativas que nadie entiende para qué sirven.

Vamos, el rey tiene otras razones para odiarla. A ella le abren las puertas de Pinto Duran, a él le quitan el saludo. A ella se la siente cerca incluso a kilómetros de distancia, en la lejana Sudáfrica. A él, cuesta creerle aunque coma pan con mantequilla en Dichato. A él le carga que le ganen, sobre todo en las encuestas. A ella, nada la derrumba del número 1, ni siquiera los terremotos.

De vez en cuando, no hace mal releer a los griegos. El matricidio es una aventura que lleva a la desgracia. Un acto innoble y anti-natura que enfurece a los dioses y consigue el efecto contrario al que busca: ganarse la impopularidad del pueblo.

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