Un día en blanco

Mª José Viera Gallo nos cuenta cómo ser madre casi aniquila su vida social. /Flickr.com/sean dreilinger

(cc) sean dreilinger

Para empezar, un flashback.

Algunos años atrás quedo de salir un jueves en la noche con F, una amiga que acababa de ser madre. La paso a buscar a su casa. “¿Bajas?”, la llamo desde mi auto. “No, sube”, me contesta. El retraso de F no se debe a un color de rouge equivocado o las súbitas ganas de tomarse otra copa de vino. F está en pijama sacándose leche. Todavía no termina de bombearse con su Medela y yo no tengo más remedio que esperarla. Una vez que llena su botella de 150 ml con leche materna, se la deja a su marido, y partimos.

Tres horas más tarde tomamos cerveza y bailamos en el Club la Feria. La cerveza es sabido que estimula la prolactina y mi amiga tiene dos argollas mojadas alrededor de los pezones. Nos reímos. Un chico de unos 20 años se le acerca curioso. No sabe si F tiene la polera semitransparente de sudor o qué, pero se ve interesado en sus manchas. A las 2 a.m nos retiramos de la fiesta ante el alegato de unos amigos que no pueden creer que nos “metamos al sobre” tan temprano.

“¿Qué quieren? ¡Está dando leche!” , les grito para calmarlos.

Fastforward al presente. Los miércoles son los nuevos jueves o eso me parece a mí. Yo también soy mamá de un recién nacido y me bombeo leche antes de salir (el sacaleche es un invento subvalorado en nuestra cultura que merecería más estrellas). No pongo un pie “afuera de mi sobre” hace meses. No de noche, al menos. Me entero de las salidas de mis amigos por teléfono o Facebook. Mi única diversión es escuchar cómo se divierten las demás.

La sensación es un eterno dejá vu, como si me resumieran una película que me perdí y sin embargo he visto mil veces. Cada vaso de champaña que alguien se bebe, despierta una burbuja en mi imaginación. Lo único que no envidio son sus resacas. Al igual que mis amigos sin hijos, yo también sufro por falta de sueño pero por lo menos recuerdo perfectamente lo que hice la noche anterior: dar leche mientras veo el único reality que me sube el ánimo, “16 y embarazada” (en MTV).

Es curioso pero cuando no tenía hijos y podía salir, me quedaba en la casa. Ahora que soy mamá y debería invernar naturalmente, ansío poner un pie en la calle.

Cada salida sin embargo, se parece a esos power point que ahora tanto les gusta hacer en la Moneda. Una flecha lleva a la otra (desde sacarse leche a buscar un babysitting) y al final de la ecuación no sabes si realmente valía la pena tanto esfuerzo. Y hay otro problema: todo empieza tan tarde. Cuando la banda que querías ver al fin sale al escenario, o la fiesta se prende, lo único que quieres es acostarte.

La maternidad no es una cárcel, pero si lo fuera, hay varias maneras de divertirse entre sus murallas. Una gran solución es aprender a pasarlo bien con tus amigos (entiéndase tomar, fumar, escuchar música y hasta bailar) en tu propia casa. En Nueva York, donde también fui madre, adultos y niños, día y noche, rock y caramelos siempre han sido una misma cosa. Un día “en blanco” puede ser mucho más excitante que una noche “en blanco”. Sólo falta convencer a los demás.