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Tattoo Me

Conz nos cuenta de lo complicado que ha sido convencer a sus padres de aceptar sus tatuajes.

Mi madre siempre me dijo “te tenés que querer muy poco para hacerte esas cosas que te haces en el cuerpo”. Se refería a mis piercings y tatuajes. Nos llevamos muchos años con mis padres, me tuvieron ya de grandes. Esto hace que choquemos no solo en temas típicos de la relación padre-hijo sino también porque hay muchas cosas que ellos no entienden.

Obviamente, los tatuajes son una de esas cosas. Para ellos son una mutilación en el cuerpo, algo que se hacían los indígenas y de donde claramente ya hemos evolucionado (¿hemos evolucionado? Bueno eso es debate para otro post).

Entonces, que yo de repente cayera con un piercing en el cartílago de la oreja era que habían hecho algo mal, que no me habían educado bien, que en algún momento se equivocaron y yo salí con fallas.

Me hacen sentir culpable por querer hacerme un corazón pixelazo (bien bien geek) en las costillas, o escribir “Saudades” en mi talón de Aquiles, porque justamente es mi gran punto de debilidad.

El argumento siempre fue que cuando quiera buscar un trabajo “serio” (aparentemente todos los trabajos que tuve hasta ahora, a pesar de ser en multinacionales, no fueron lo suficientemente serios) no me van a aceptar cuando vean los dibujos que tengo sobre mi piel. O peor aún, que cuando encuentre al amor de mi vida y este me diga “te amaría si no tuvieses todo eso”, voy a sufrir. No sé si reírme o llorar. Reír por lo retrógrados que son con sus pensamientos, o llorar porque realmente aún hay gente que piensa así y peor, dos de ellos son mis progenitores.

Cuatro tatuajes y ocho piercings más tarde, sigue siendo tema de debate. Mi primer piercing fue a los 16 años y ahora, diez años más tarde, mi madre sigue asegurando que me voy a arrepentir de habérmelo hecho y que me los voy a terminar sacando todos. Es más, cada vez que tengo una nueva idea de lo que me quiero hacer tengo que prometer que es lo último con lo que destruiré mi cuerpo. Mientras tanto yo sigo contando los años y repito mentalmente que yo no voy a cometer el mismo error con mis hijos.

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