Volviendo al lago

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Hace poco estuve leyendo un artículo de nuestro sitio amigo veoverde sobre la murtilla, fruto típico del sur de Chile, muy parecido a un arándano pero de sabor y color distinto. Cada vez que mencionan este fruto, no puedo evitar acordarme de mis veranos cuando chica, pasando quizás los mejores momentos de mi niñez, en el lago Panguipulli.

Panguipulli es un pueblo que queda en la X Región, cerca de Calafquén, a 850 kilómetros de Santiago. El viaje en los años 80 era toda una travesía, la carretera no era muy buena y se cruzaban por varias ciudades, incluso se pasaba por el Salto del Laja y típico que uno paraba para sacarse la foto de rigor con el salto detrás. Ahora la carretera está mucho mejor y con todos los bypass, ya ni se nota el Salto, Temuco, etc.

Después del larguísimo y no tan glamoroso trayecto (5 personas en una Chevrolet Luv), desde las 6 am de Santiago, llegábamos tipo 6 de la tarde al pueblo. Daba lo mismo que faltaban las compras del súper, las faramallas para cruzar el lago y llegar a la casa… nada importaba, habíamos estado viajando 12 horas y aunque aún faltaba algo así como una hora más, estábamos en “la ciudad de las rosas”. ¡Habíamos llegado por fin! Ahí nos esperaba “Don Juanito” el señor flaquito y viejito que las hacía de un estilo capataz en el fundo. Cuando yo recién conocí a Don Juanito pensé que tenía a lo menos 100 años… y eso fue hace 20 años atrás y ¡Don Juanito todavía anda dando vueltas por Pangui!

Nuestra casa no tenía luz ni se podía llegar en auto. Teníamos un sistema para tener agua “potable” de los tranques, el agua más rica que he tomado en mi vida. Nos levantábamos con el gallo (en verdad no tanto) y nos acostábamos con el sol (o cerca), no había tele, ni microondas, ¡ni refrigerador! Incluso la comida que necesitaba refrigerarse la poníamos en un tiesto plástico en el mismo tranque más abajo del cerro y se mantenía en casi perfecto estado. Una vez teníamos un pollo que llevaba varios días descongelado y ya no olía tan bien y mi mamá agarró todos los condimentos y nadie se dio cuenta, quedo re bueno. Seca dueña de casa sureña.

Por algo así como 3 semanas nos despegábamos de Santiago. Varios veranos no tuve noticias del festival de Viña, nos perdíamos a veces Robotech y Guardianes de la Bahía, aunque poco nos importaba. Más entretenido era caminar por el cerro y creernos Indiana Jones, o inventar historias de los supuestos fantasmas que merodeaban el fundo. O jugar bachillerato con la gente del pueblo que nos sacaban la mugre con los nombres más curiosos de frutos que seguro, no existían.

El tomate era más rico, el cilantro de la chacra, el aire era limpio y la noche completamente estrellada. Fueron los mejores veranos de mi infancia y ahora lamento tanto no haber aprovechado más el tiempo. Es un pedazo de mi memoria que espero no se esfuma, como pasa con tantas cosas de la niñez.