Brindo por la familia

Hace unos días fui a un paseo familiar de lo más peculiar. Era una reunión de mi abuelo materno con sus hermanos y la descendencia de cada uno. Totalmente nuevo para mí, apenas supe del evento me anoté. La curiosidad fue mi gran motivación.

Convencí a mi prima/partner y partimos un sábado en la mañana con destino desconocido. Al llegar nos recibió mi madre con un señor que en la vida había visto, pero que resultó ser un tío/primo de lo más amable.

Al entrar fue como cuando vas a un cumpleaños en que no conoces a nadie. Todos nos mirábamos como bichos raros y tratábamos de explicar el parentesco que nos une: el hijo de la tía Juanita, hija del tío Pepito, hermano de tu abuelo y cosas por el estilo. Estaba completamente desorientada con toda esta gente nueva.

Pero a pesar de que varios no nos conocíamos y otros no se veían hace más de veinte años, bastó que pasara un rato para que la conversación comenzara a fluir. Incluso tiraron a todos a la piscina y terminamos cantando y compartiendo felices. Claro, me fue imposible aprender los más de cincuenta nombres en un día, pero sí pude reconocer rasgos familiares. Los ojos, el color de piel, la tez clara y la sonrisa fácil delatan nuestra ancestral unión consanguínea.

Tomamos miles de fotos masivas y, al despedirnos, nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida… Al parecer es verdad que la sangre tira.