Los traumas de un sobrenombre

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(c) The CW Network, LLC

Algo típico de nuestra infancia o adolescencia (e incluso adultez) es que algún compañero, pariente o amigo nos ponga un sobrenombre. Nunca voy a olvidar algunos clásicos como gusano, ET, piernas de jalea, durazno peludo, jirafona, Tío Cosa, volada, pecosa… eran algunos de los nombres que rondaban entre nuestras compañeras de colegio.

Para quienes inventaban el “original apodo”, significaba un aplauso por su humor, para quien recibía aquella nominación significaba quizás algo lejos de lo humorístico.

La diferencia entre una “broma” simpática a un sobrenombre que puede pasar a marcar la vida de una persona, viene dada exclusivamente por el factor de “cuánto afecta” o “cómo afecta” a la persona que recibe estas “bromas”. En esto, la verdad, es que no hay reglas universales, ya que para algunas, ser tildada de “flacuchenta” puede ser simpático, mientras que para otra, el mismo sobrenombre, puede significar una baja en el autoestima o incluso situaciones más serias.

Por eso, la pregunta es si los sobrenombres afectan emocionalmente a la persona. Creo que todo está en ponerse en el lugar del otro y ver si nos gustaría que nos llamaran así.