Ponerse en duda

Lee la nueva columna de María Gracia Subercaseux sobre la difícil tarea de la paternidad.

Que cargante es quejarse constantemente del poco tiempo que tenemos, es otro de los lugares comunes de hoy, sin embargo es la más pura verdad para muchos.

Durante la semana el trabajo, los niños, la casa y el amor se lo acaparan todo. En especial para las madres modernas que vivimos corriendo de la pega al colegio, a los doctores, dentistas, actividades extra programáticas o a casas de amigos donde siempre se hacen los trabajos que el colegio encomienda. Apenas nos queda tiempo para hojear el diario o leer un libro antes de desplomarnos del sueño.

Es por eso que los fines de semana libres de hijos para los que somos padres divorciados son una verdadera bendición. Aunque sea políticamente incorrecto decirlo. Es lo único bueno de la separación.

El weekend recién pasado me tocó uno de ellos y me dediqué a todas las cosas que han estado pendientes quien sabe por cuánto tiempo; ordené mi closet, limpié unas repisas de la cocina, podé las flores y almorcé con amigas y mientras conversábamos llegamos a la lamentable conclusión de que es muy difícil tener una buena calidad de vida emocional y un sueldo digno. O te pelas el lomo día a día o vives al tres y al cuatro.

Volví a casa y seguí aprovechando el tiempo sola, atornillé, martillé y buscando herramientas en unos cajones que no abría hace miles de años encontré unos textos que tenía guardados donde desmenuzaba la difícil tarea de la paternidad. Me imagino que a raíz de mi experiencia como hija porque mis pollitos eran unas guaguas en ese momento.

Cuantos niños habrán oído en innumerables ocasiones el siguiente texto: “Eres lo opuesto a lo que cualquier padre esperaría”.

Al margen de la violencia y el daño que provoca esa pequeña y cargada frase, la probabilidad que tiene un hijo de ser diferente a lo que sus padres esperan es altísima. Por ende es casi una soberana estupidez intentar que no sea así.

Desde el momento en que asomamos la cabeza fuera de nuestras madres y antes aún, somos individuos únicos, y si luego vivimos honestamente según lo que nos dicta nuestra conciencia, y no siguiendo modelos culturales y aprehendidos, de seguro estaremos distantes de nuestros progenitores. Mas aún si ellos están sometidos a la tiranía del deber ser o son seguidores acérrimos del comportamiento moral y de buenas costumbres dictado por la iglesia católica.

La vida es tan compleja, para qué decir en los temas relacionados con los hijos. Por eso que detenerse a pensar un poco cada vez que nos enfrentamos a una situación complicada y distante de lo que podríamos asegurar es lo correcto, es un gran ejercicio.

Ponerse en duda e intentar sentir desde su perspectiva adolescente o de jóvenes, guardando las proporciones de las edades y aplicando sentido común, nos abrirá un campo difícil de imaginar.

Hoy como madre lo visualizo con claridad y con esto no quiero decir que sea fácil, sé positivamente que es una ardua labor.

Por lo general creemos férreamente que nuestra postura es la acertada y la que asegurará bienestar a los niños, sin embargo abrir las puertas al análisis y a la exposición de ideas desde el amor es la primera señal de respeto que podemos dar. Actitud fundamental en la paternidad.

No podemos olvidar nunca que lo más importante es la felicidad de nuestros hijos, por lo tanto esa debería ser la primera pregunta ante una situación o decisión de ellos que nos incomode o perturbe.

Cuantos sufrimientos, rebeldías, distanciamientos innecesarias y dobles vidas evitaríamos.

Columna y foto originales de María Gracia Subercaseaux.
Imagen del destacado corresponde a ej (umop ap!sdn).